La carrera más dura de la historia

Publicado: enero 3, 2010 en Uncategorized




Hace unas pocas horas ha dado comienzo, por tierras sudamericanas, el Rally Dakar 2010, una nueva edición de lo que muchos medios de comunicación volverán a calificar como “la carrera más dura del mundo”. Sin menospreciar lo dificultosa que puede llegar a ser una prueba semejante – a pesar de las ayudas técnicas, económicas y organizativas – , permítanme contarles una vieja historia que, personalmente, considero como la carrera más dura de la historia.

Los protagonistas fueron dos hombres prácticamente desconocidos para la mayoría de aficionados al automovilismo: Andrey Platonovich Nagel (1877-1940), editor jefe de la revista rusa Avtomobil, y su copiloto, Vadim Alexandrovich Mikhailoff. Comenzaba el año 1912, y tuvieron la ocurrencia de querer participar en la 2º edición del ahora mundialmente famoso Rally de Montecarlo. Lo que les esperaba era una hazaña automovilística difícilmente superable. Pero vayamos al principio:

En sus comienzos, el Rally de Montecarlo no era la competición automovilística que ahora conocemos. Se trataba más bien de un evento social destinado a amenizar las frías y aburridas veladas invernales de la alta sociedad monegasca de la época. Era, en realidad, un concurso de elegancia para coches llegados de toda Europa. Partiendo de diferentes ciudades del continente, en fechas distintas según la distancia, los vehículos se concentraban en el principado monegasco, donde un jurado puntuaba los coches según criterios subjetivos de belleza, elegancia y estado de conservación.

Como hemos dicho, Andrey Nagel decidió tomar parte en la edición de 1912. Partiría desde su ciudad de residencia, la lejana San Petersburgo, lo que suponía un recorrido de enlace hasta Mónaco de 3.260 kilómetros. Por supuesto, quería hacerlo en un coche construido en su país, y eligió para la ocasión un Russo-Baltique C24/50 CV Torpedo Roadster Monako Type (chasis nº 14), una version unica preparada especificamente para la prueba.

Pongámonos en situación: Nagel se empeña en conducir un coche descapotable con techo de lona en pleno invierno, y partiendo nada menos que de Rusia. Como preparación ante las inclemencias del tiempo, se le retira el parabrisas para que el hielo acumulado no dificulte la vision, se sustituyen los faros de acetileno por otros más potentes, el agua de refrigeración es sustituido por alcohol y en el suelo del coche se practica un agujero para que les llegue algo del calor del motor. Algo así como un Pack “Cold Climate” en versión rústica.

En presencia de Nicolás II, Zar de Rusia, Nagel y su copiloto, Mikhailoff, toman la salida el 13 de enero de 1912, a las 8 en punto de la mañana. Mikhailoff se había lesionado una mano el día antes mientras intentaba arrancar el coche con la manivela. No da tiempo a tramitar el pasaporte a un nuevo ayudante, y Mikhailoff inicia el viaje a sabiendas de que no podrá relevar a Nagel al volante. La temperatura ambiental es de 22 grados bajo cero, y la nieve lo cubre todo. Durante los primeros 100 km. Nagel solo puede circular en primera, a poco más de 10 km/h.

Los primeros compases de la competición se realizan en condiciones sobrehumanas, cruzando tormentas de nieve, soportando incesantes ventiscas y circulando con condiciones de visibilidad prácticamente nula. Mikhailoff tiene que actuar muchas veces como guía, caminando delante del coche con una antorcha encendida en la mano.

Cada 500 km. tienen que detenerse a rellenar el aceite del motor. Pero el frío es tan intenso que se ven obligados, en cada parada, a encender una hoguera para licuar el aceite solidificado en los bidones. Durante las detenciones para dormir, se despiertan cada dos horas para arrancar el motor y evitar que se enfríe en exceso. Si el aceite del cárter se solidifica, será imposible volver a poner el motor en marcha con la manivela. Para impedir que la dinamo se congele, la desmontan y la guardan entre su ropa cuando duermen.

Por si no fuera bastante, durante la travesía de Estonia, tienen que hacer frente a un imprevisto que tiene poco que ver con la mecánica: en mitad de aquellos frondosos bosques son perseguidos por una manada de lobos hambrientos. Ante el cariz que empieza tomar la aventura, Nagel no duda en enviar un enigmático telegrama a los organizadores con el siguiente texto:

“¡Espérennos! ¡Llegaremos a tiempo, siempre que no nos congelemos y no seamos pasto de los lobos!”.

Habían tomado la salida en San Petersburgo con cadenas en los neumáticos traseros, pero al llegar a la ciudad alemana de Heidelberg están tan desgastadas que optan por seguir circulando sin ellas. Llegan a la ciudad francesa de Belfort, donde se detienen a hacer noche. A la mañana siguiente reanudan la carrera, pero la carretera está helada y, sin cadenas, acaban atrapados en una cuneta.

Mikhailoff se queda en el coche y Nagel regresa al pueblo andando para conseguir unas cadenas. Se las vende un bodeguero (las que usa para sujetar los toneles de vino) por la desorbitada cantidad de 25 francos de la época. Afortunadamente, el precio incluye la ayuda de los hijos del dueño para llevar las cadenas hasta el coche.

Tras conducir casi toda la noche, llegan al control de Avignón, donde descansan hasta la apertura del control de paso a primera hora de la mañana. Según sus cálculos, los competidores que partieron de Berlín ya han pasado por la zona, y deciden acelerar la marcha para darles alcance. Extenuados, con serias dificultades para controlar su vehículo y sin noticias de los participantes alemanes, Nagel y Mikhailoff llegan a Montecarlo el día 21 de enero, poco antes de la hora de comer.

Para sorpresa de todos, incluidos ellos mismos, son los primeros en cruzar la meta. Han dejado atrás 3.257 kilómetros a una media de 16.7 km/h, empleando un tiempo de 195 horas y 23 minutos y habiendo consumido casi 600 litros de gasolina (un consumo medio de casi 18.5 litros). Los participantes venidos desde Berlín aún tardarán casi 6 horas en llegar, y los competidores italianos tienen prevista su salida de Turín para el 24 de enero, tres días después.

Pero a Nagel aún le espera un último revés. Ha sido el primero en cruzar la meta, consigue el premio a la resistencia, pero no será proclamado vencedor. Para la clasificación final, el jurado del concurso tiene en cuenta criterios poco deportivos como la belleza del coche y su estado de conservación, sin valorar en su justa medida las duras condiciones de las carreteras del invierno ruso. Y tras más de 3.000 km. de infierno helado, el Russo-Baltique 24/50 CV Torpedo Roadster llegado de la lejana estepa rusa no se encuentra precisamente en su mejor momento.

El recuento de puntos deja al equipo ruso en el 9º puesto final. Pero para la historia del automovilismo, y con los resultados estrictamente deportivos en la mano, los vencedores de la 2ª edición del mítico Rally de Montecarlo de 1912 fueron Andrey Nagel, su copiloto Vadim Mikhailoff y su elegante y castigado Russo-Baltique que tanto interés despertaron en los lobos de los bosques de Estonia.

En mi humilde opinión, Andrey Nagel es uno de los mas grandes pilotos de raids de todos los tiempos, al que la historia no le ha hecho justicia. En 1910 participó, con un Russo-Baltique recién adquirido y montado sobre un chasis con el nº 14, en la Carrera del Emperador (San Petersburgo, Kiev, Moscú y vuelta a St. Petersburgo) con el periodista frances Charles Faruox como copiloto.

En agosto de ese mismo año, se propuso viajar con ese mismo coche y cuatro acompañantes desde Riga hasta Nápoles y ascender hasta el observatorio astronómico del Monte Vesubio. En 1911, compite en el All Russia Rally (2.240 kilometros de San Peterburgo hasta Sebastopol), cubriendo todo el trayecto sin ninguna penalizacion.

Tras la aventura del Rally de Montecarlo, en agosto de 1912 participa en el Rally Moscú-San Sebastián, donde obtiene el tercer puesto de 104 participantes y el premio a la mayor distancia recorrida, 4.492 km sin una sola averia. El chasis volvia a ser el nº 14, con una nueva carrocería de 5 plazas adaptada a viajes de larga distancia. Como preparacion para la prueba, Nagel lo empleó para viajar de San Petersburgo a Moscú vía Grodno y Smolensk: una excursion de 3.000 kilometros.

Durante la primera mitad de 1913, Nagel viajó con su Russo-Baltique chasis nº 14 por Rusia Central, la región del Volga, Bielorrusia y Ucrania, sumando otro 11.000 kilometros al inexistente odómetro. Para el otoño de ese mismo año, preparó un última escapada con el siguiente itinerario: partio, desde San Petersburgo, rumbo a África atravesando Alemania, Francia, España, cruzando el Estrecho y siguiendo por Marruecos, Algeria y Túnez, regresando por Italia hasta París, donde los esperaba su amigo Faroux, que al verlo llegar solo pudo exclamar “¡es imposible!.

Un viaje lleno de dificultades que lo llevó por las arenas del Sáhara y las montañas del Atlas. El chasis nº 14, siempre conducido por su orgulloso propietario Andrey Nagel, llegaba a su jubilación con más de 80.000 durísimos kilometros en sus ejes y sin averías de consideración, un registro casi impensable para un coche de su época. Acababa sus cuatro años de agitada vida laboral el que podríamos considerar como el primer SUV de la historia.

Aventurero empedernido, deportista de renombre, licenciado en derecho, viajero infatigable, periodista talentoso y prolífico, directivo del Sociedad Automovilística Imperial Rusa, editor de varias revistas relacionadas con el motor, Nagel desarrolló un trabajo ímprobo en favor de la industria rusa del automóvil y en particular para la marca Russo-Baltique. De haber vivido en nuestra epoca, estoy seguro de que no hubiera dudado en participar con su coche de fabricaron rusa en el Rally Dakar, sobre todo en sus primeras ediciones, cuando tenía más de aventura y menos de espectáculo mediático.

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